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Thema: La solution économique pour la période de transition du capitalisme vers le communisme


Introducción a los Principios Fundamentales de Producción y Distribución Comunistas del G.I.K.H. / Paul Mattick, 1970


Escrito en 1970. Se reproduce, con alguna corrección puntual, a partir de la edición en español de los Principios Fundamentales de Producción y Distribución Comunistas de la editorial Zero-ZYX, 1976. Los subtítulos entre corchetes son de esta edición.


El presente trabajo colectivo, Grundprinzipien Kommunistischer Produktion und Verteilung – Principios Fundamentales de Producción y Distribución Comunistas, apareció por primera vez hace cuarenta años. Sus autores, el Grupo de Comunistas Internacionales de Holanda (g.i.k.h.), pertenecían al movimiento de los Consejos.

[El movimiento consejista y los «Princípios Fundamentales»]

Los Consejos surgieron por primera vez durante la Revolución Rusa de 1905. Según Lenin, tenían ya la fuerza suficiente para tomar el poder político, aunque, en realidad, se movían aún dentro de los márgenes de la revolución burguesa. Para Trotsky, los Consejos Obreros representaban, al contrario de los partidos políticos presentes en la clase obrera, la organización propia del proletariado. El holandés Anton Pannekoek veía en el movimiento de los Consejos la autoorganización del proletariado, que le conduciría a su dominio como clase y a la dirección de la producción. Con el desarrollo de la revolución rusa [de 1905] y con el fin de los Consejos el interés por esta nueva forma de organización se perdió y la organización del movimiento obrero estuvo nuevamente a disposición de los partidos políticos y los sindicatos tradicionales. Más tarde, la revolución rusa de 1917 repropondría la perspectiva de los Consejos para el movimiento obrero internacional, pero no sólo como expresión de la organización espontánea de los trabajadores revolucionarios, sino además como medida necesaria frente a la posición contrarrevolucionaria del movimiento obrero tradicional.

La primera guerra mundial y la quiebra de la II Internacional cerraron el primer período del movimiento obrero. Lo que mucho antes era previsible, a saber, la integración del movimiento obrero en la sociedad burguesa, se convirtió en un hecho irrefutable. El movimiento obrero no era un movimiento revolucionario, sino un movimiento de obreros que intentaba adaptarse al capitalismo. Tanto los dirigentes como los propios trabajadores carecían de interés por la abolición del capitalismo y se contentaban con la actividad sindical y política en su interior. Las escasas posibilidades de los partidos y de los sindicatos en el interior de la sociedad burguesa, expresaban los intereses reales de los trabajadores. No se podía esperar otra cosa, ya que un capitalismo en expansión progresiva excluye todo verdadero movimiento revolucionario.

El idilio de una posible armonía entre las clases en el curso del desarrollo capitalista, sobre el que se fundaba el movimiento obrero reformista, se hizo pedazos al chocar con las contradicciones mismas del capitalismo, que se expresan mediante crisis y guerras. La ideología revolucionaria, al principio reducida a una minoría radical en el interior del movimiento obrero, se introdujo entre las grandes masas cuando la miseria de la guerra puso al desnudo la verdadera naturaleza del capitalismo; y no sólo la del capitalismo, sino también la de las organizaciones obreras crecidas en su seno. Las organizaciones habían escapado de las manos de los trabajadores; para ellos existían sólo en la medida en que era necesario mantener la existencia de su burocracia. Puesto que la función de estas organizaciones está ligada al mantenimiento del capitalismo, no pueden por menos que oponerse a toda lucha real contra el sistema capitalista. Un movimiento revolucionario necesita, en efecto, formas de organización que lleven más allá del capitalismo, que den el poder a los obreros sobre sus organizaciones, organizaciones en las cuales no esté una parte de la clase obrera sino su totalidad. El movimiento de los Consejos fue un primer intento de construir una forma de organización adecuada a la revolución proletaria.

Tanto la revolución rusa como la alemana encontraron como expresión organizativa el movimiento de los Consejos. Pero en ninguno de estos dos casos alcanzaron la capacidad suficiente para afirmar su poder político y usarlo en la construcción de una sociedad socialista. Mientras que el fracaso del movimiento de los Consejos ruso hay que achacarlo indudablemente al retraso de la situación social y económica rusa, la derrota del movimiento alemán fue producto de la falta de voluntad de las masas trabajadoras en realizar el socialismo de manera revolucionaria. La socialización era vista como tarea del gobierno y no como tarea de los mismos trabajadores; y así, el movimiento de los Consejos decretó su propio fin, restableciendo la democracia burguesa.

Si bien el partido bolchevique había llegado al poder con la consigna «Todo el poder a los Soviets», se atuvo a la concepción socialdemócrata, según la cual la construcción del socialismo era tarea del Estado y no de los Consejos. Mientras que en Alemania no se llevaba a cabo ningún tipo de socialización, el Estado bolchevique destruyó la propiedad privada capitalista, pero sin atribuir a los trabajadores ningún derecho a disponer de su producción. Por aquello de que defendían los intereses de los trabajadores, el resultado fue una forma de capitalismo de Estado, que dejaba intacta la condición social de los trabajadores y que más bien continuaba su explotación en beneficio de una nueva clase privilegiada. El socialismo no se podía realizar ni por medio de una reforma del Estado democrático burgués, ni por medio del nuevo Estado bolchevique revolucionario.

Prescindiendo de la inmadurez objetiva o subjetiva de la situación, la vía que hubiese sido posible tomar para alcanzar la socialización permanecía envuelta en la oscuridad. La teoría socialista tendía genéricamente a la crítica del capitalismo y a la estrategia y táctica de la lucha de clases en el interior de la sociedad burguesa. La vía al socialismo y su estructura aparecían como prefiguradas ya en el capitalismo. El mismo Marx había dejado sólo unas pocas indicaciones fundamentales acerca del carácter de la sociedad socialista, ya que, efectivamente, es poco productivo ocuparse del futuro, de situaciones no comprendidas dentro del presente o del pasado. Sin embargo, contrariamente a cuanto sostienen interpretaciones posteriores, Marx había puesto en claro que el socialismo no se refiere al Estado sino a la sociedad. El socialismo como «asociación de productores libres e iguales» necesitaba del «Estado», es decir, de la dictadura del proletariado, sólo hasta tanto durara su estabilización. Con la consolidación del socialismo, la dictadura del proletariado, entendida como «Estado», desaparecería. En cambio, en la concepción socialdemócrata, tanto reformista como revolucionaria, existía una identificación del control estatal con el social, y el término «asociación de productores libres e iguales» perdió su significado original.

Las características del socialismo futuro, ya contenidas en el capitalismo, no fueron vistas en la posible auto-organización de los productores en la producción y la distribución, sino en las tendencias a la concentración y la centralización, típicas del capitalismo, que generarían finalmente un dominio estatal sobre todas las esferas de la economía. Esta concepción del socialismo fue asumida primero, y más tarde atacada tachándola de ilusión, por la burguesía.

El fin de un gran movimiento revolucionario como el de los Consejos no excluye la posibilidad de su reaparición en una nueva situación revolucionaria. Además, de las derrotas se puede aprender. La tarea de los comunistas de consejos después de la revolución perdida no consistía en la propaganda del sistema de consejos, sino también en la investigación de las carencias por las que el movimiento había fracasado. Una de las carencias, quizá la mayor, había sido que los Consejos no tenían en absoluto claridad a respecto de sus tareas en una organización socialista de la producción y la distribución. Ya que los Consejos tienen su base en las fábricas, éste debe ser el punto de partida para la coordinación social y la síntesis de la vida económica, y en ellas los productores deben poder disponer de lo que producen. Estos Principios Fundamentales de Producción y Distribución Comunistas fueron el primer intento del movimiento de los Consejos en Europa occidental de ocuparse del problema de la construcción del socialismo sobre la base de los Consejos.

[Los «Principios Fundamentales» y la concepción del socialismo]

Teniendo en cuenta las grandes dificultades con las que se encuentra una posible revolución proletaria, a primera vista, este escrito que se ocupa en su mayor parte de la unidad de cálculo y de la contabilidad de la economía comunista, podrá parecer extraño.

Ya que no se pueden prever exactamente las particularidades de las difíciles situaciones políticas que nos esperan, sobre un tema así sólo podemos dedicarnos a la especulación. Puede ser fácil o difícil destruir un cierto sistema social: depende de condiciones que no pueden ser previstas. Pero este escrito no se ocupa de la organización de la revolución, sino de problemas posteriores. Como, además, no es posible adivinar el estado de la economía después de la revolución, no se puede ni siquiera hacer un programa por adelantado de los trabajos que deberán ser llevados efectivamente a cabo. Pero sí es posible discutir anticipadamente los procedimientos y los instrumentos necesarios para la afirmación de determinadas condiciones sociales que se quieren obtener, en este caso condiciones que se consideran comunistas.

El problema teórico de la producción y la distribución en el comunismo ha resultado un problema práctico a partir de la revolución rusa. Pero la práctica estaba determinada desde el principio por la concepción del control estatal centralizado, al cual se referían las dos alas de la socialdemocracia. Las discusiones sobre la realización del socialismo o del comunismo dejaban fuera el problema real: el del control de los trabajadores sobre su producción. La cuestión estribaba en cómo se podía realizar la planificación económica dirigida por una autoridad central. Ya que, según la teoría marxiana, el socialismo no conoce el mercado, ni la competencia, ni los precios, ni el dinero, el socialismo era concebible sólo como economía natural, en la cual, mediante la estadística, tanto la producción como la distribución vienen determinadas por un servicio central. En este punto se centró la crítica burguesa, al afirmar que en estas condiciones es imposible una gestión racional porque la producción y la distribución necesitan una medida de valor, como la que proporcionaban los precios de mercado.

Para no anticipar la disertación que a este respecto se encuentra en los Principios Fundamentales de Producción y Distribución Comunistas, baste decir que sus autores han encontrado la solución al problema de la necesaria unidad de cálculo en el tiempo de trabajo socialmente medio como base de la producción y la distribución. La aplicación práctica de este método de cálculo y la contabilidad pública a él unida se demuestran minuciosamente. Y como se trata tan sólo de métodos para alcanzar determinados resultados, el razonamiento es perfectamente lógico. El uso de este método tiene como condición necesaria la voluntad de llegar a una producción y distribución de tipo comunista. Verificado este presupuesto, nada se opone a este método, aunque puede no ser el único adaptado al comunismo. Según Marx, toda economía es una economía «de tiempo». La subdivisión y el desarrollo del trabajo se realizan según las exigencias de la producción y el consumo y, al igual que en el capitalismo, el tiempo de trabajo es la medida de la producción, aunque no de la distribución. En la base de los precios, reguladores del capitalismo, se encuentran valores ligados al tiempo de trabajo. Las relaciones de producción y de explotación en el capitalismo, que son al mismo tiempo relaciones de mercado, y la acumulación de capital que es el motivo y el motor de la producción capitalista, excluyen un intercambio de valores equivalentes dados por el tiempo de trabajo. No por nada la ley del valor domina la economía capitalista y su desarrollo.

Partiendo de este hecho, se puede pensar fácilmente que también en el socialismo debe ser válida la ley del valor, ya que en éste también debe tenerse en cuenta el tiempo de trabajo, para hacer una economía racional. Pero el tiempo de trabajo se transforma en «valor del tiempo de trabajo» sólo en condiciones capitalistas, en las cuales la necesaria coordinación social de la producción está sujeta al mercado y a las relaciones de la propiedad privada. Sin relaciones capitalistas de mercado no existe ninguna ley del valor, aunque aún, y quizá siempre, sea necesario considerar el tiempo de trabajo para adaptar la producción social a las necesidades de la sociedad.

Es en este último sentido en el que los Principios Fundamentales de Producción y Distribución Comunistas hablan del tiempo de trabajo socialmente medio.

[La distribución según el tiempo de trabajo medio]

Los autores subrayan el hecho de que antes de ellos se había propuesto el tiempo de trabajo como unidad de cálculo económico. Consideran inaceptable esta propuesta porque se basa sólo en la producción y no en la distribución, y en eso sigue emparentada con el capitalismo. Según su punto de vista, el tiempo de trabajo socialmente medio debería valer tanto en la producción como en la distribución. Aquí, sin embargo, nos encontramos con una dificultad y debilidad para calcular el tiempo de trabajo, dificultad que Marx también había visto, no encontrando otra respuesta que la abolición del cálculo fundado sobre el tiempo de trabajo en la distribución, llevando a cabo el principio comunista «De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades».

En su Crítica del Programa de Gotha del Partido Socialdemócrata Alemán, Marx aclaró el hecho de que una distribución proporcional al tiempo de trabajo traería consigo una nueva desigualdad, ya que los que producen se diferencian por su capacidad de trabajo y por su situación privada. Algunos trabajan más en el mismo tiempo; unos tienen que mantener una familia y otros no; por tanto, la igualdad de la distribución según el tiempo de trabajo tiene como efecto la desigualdad en las condiciones de consumo. Marx escribe: «En efecto, a igualdad de trabajo prestado y, por tanto, a igualdad de usufructo del fondo social de consumo, uno obtiene más que otro, uno es más rico que otro, etc… Para evitar esta situación injusta, la ley debería ser desigual en lugar de igual». Si bien consideraba este inconveniente como inevitable en la primera fase de la sociedad comunista, no lo consideraba un principio comunista. Cuando los autores de los Principios Fundamentales dicen que su exposición es «sólo la aplicación consecuente del pensamiento marxiano», es verdad sólo en la medida en que este pensamiento se refiere a una fase del desarrollo socialista, en la cual reina aún el principio del intercambio de equivalentes, principio que encontrará su fin en el socialismo.

Para Marx estaba claro que «toda distribución de los medios de consumo es sólo la consecuencia de la distribución de los medios de producción», y que «cuando los medios de producción sean propiedad de los mismos trabajadores, se conseguirá una distribución de los medios de consumo diferente de la actual». Los posibles defectos de una distribución según el tiempo de trabajo no podían, pues, ser superados con una división entre la producción y la distribución, ya que el gobierno de la producción por parte de los productores comprende también su control sobre la distribución, así como la determinación de la distribución por parte del Estado – la asignación desde arriba – comprende tambien el control estatal sobre la producción. Los autores de los Principios Fundamentales subrayan justamente que los productores deben tener la más amplia posibilidad de disponer de su producción, pero que esto exija una distribución según el tiempo de trabajo, es otro problema.

En los países capitalistas avanzados, o sea, en los países en los que es posible la revolución socialista, las fuerzas productivas sociales están suficientemente desarrolladas como para producir medios de consumo en sobreabundancia. Más de la mitad de toda la producción capitalista y de las actividades improductivas ligadas a ésta (prescindiendo completamente de las posibilidades de producir que no son explotadas) no tienen seguramente nada que ver con el consumo humano real, sino que sólo pueden encontrar sentido en la irracional economía de la sociedad capitalista. Resulta entonces claro que, en condiciones de economía comunista, se podrán producir tantos bienes de consumo que harán superfluo un cálculo de sus partes individuales.

El logro de la abundancia, ya hoy potencialmente presente, presupone, sin embargo, una completa transformación de la producción social, basada en las necesidades reales de los productores. La transformación de la producción capitalista en una producción orientada según las necesidades humanas, no sólo traerá como resultado de la abolición de las relaciones capitalistas un cambio en el desarrollo técnico-industrial, sino que, de esta manera, dará también mayor seguridad al futuro de la existencia humana, ahora claramente en peligro.

Si bien los Principios Fundamentales ponen justamente el acento en el hecho de que la producción está condicionada por la reproducción, y si bien el punto de partida de la producción comunista sólo puede ser el del fin del capitalismo, la nueva sociedad necesita en cualquier caso transformaciones adecuadas en los objetivos y en los métodos de la producción. Los procedimientos empleados en estas transformaciones y los resultados obtenidos permitirán elegir el modo de distribución adecuado, tanto según las partes de la producción como según las variables necesidades reales. Además, también es posible que una destrucción parcial de la base de la producción, como consecuencia de la lucha de clases necesaria para la transformación social, excluya la distribución según el tiempo de trabajo, sin que por esto sea imposible una distribución igualitaria, por ejemplo por medio de racionamientos. Y esta distribución igualitaria podría ser determinada por el propio trabajador, sin el giro vicioso del cálculo del tiempo de trabajo. Pero los Principios Fundamentales parten de un sistema económico comunista «normal», esto es, de un sistema ya impuesto y con condiciones propias de reproducción. En condiciones semejantes, una distribución ligada al tiempo de trabajo parece superflua.

Es verdad que la «relación exacta entre el productor y el producto», auspiciada en los Principios Fundamentales concierne solamente a la parte individual de la producción -después de la sustracción de las partes de la producción que competen al consumo y a la reproducción de la producción social-. El proceso de socialización se expresa en la disminución del consumo individual y el aumento del consumo público, por lo que el desarrollo comunista tiende, a fin de cuentas, a abolir el cálculo del tiempo de trabajo en la distribución. La estructura económica sin mercado necesita de la organización de los consumidores en cooperativas (en contacto directo con las empresas), en las cuales las necesidades individuales, referentes al consumo y a la producción, puedan expresarse colectivamente. Es una pena, sin embargo, que ésta sea la parte menos elaborada de los Principios Fundamentales, cuando precisamente la presunta libertad de consumo de la economía de mercado es utilizada por el capitalismo para hacer la apología de sí mismo. En realidad, es perfectamente posible establecer las necesidades del consumo sin necesidad del mercado, y aún mucho mejor que lo hace el mercado, porque en la sociedad comunista desaparecen las deformaciones de la demanda del mercado, causadas por una distribución ligada a la existencia de clases sociales.

También en la producción un cálculo exacto sólo puede realizarse aproximadamente, ya que el proceso de trabajo y de reproducción está sujeto a constantes cambios. El cálculo del tiempo de trabajo socialmente medio para la producción global está sujeto a ciertas dilaciones, y los resultados obtenidos están siempre retrasados con respecto a la reproducción efectiva. La «exactitud» del cálculo se refiere a un momento pasado, y por mucho que sea posible acortar los tiempos de indagación por medio de métodos e instrumentos modernos, el tiempo de trabajo socialmente medio varía constantemente. Esta falta de exactitud no es un obstáculo insuperable para el cálculo de la producción y de la reproducción tanto al nivel mismo de la producción como a nivel superior. Pero la situación real diferirá de la calculada, y solamente en la diferencia encontraremos el estado real de la producción. En el cálculo del tiempo de trabajo no se trata de obtener la adecuación completa del tiempo de producción, obtenido mediante la unidad de medida, al tiempo medio de trabajo efectivamente empleado y a la producción resultante, sino de ordenar y distribuir el trabajo social, cosa que, por su propia naturaleza, podrá obtenerse sólo de forma aproximada. Para una economía comunista planificada, un resultado así es perfectamente aceptable.

Los autores de los Principios Fundamentales conciben la organización productiva de manera que «la relación exacta entre el productor y el producto llegue a ser la base del proceso de producción social». Ven esto como el «problema fundamental de la revolución proletaria», porque sólo de esta manera se puede evitar que se alce un aparato por encima de los productores. Sólo por medio de una definición de la relación entre el producto y el productor «se puede abolir la función de los dirigentes y de los administradores en el reparto del producto social». El presupuesto necesario para una sociedad sin clases es, pues, la autodeterminación de la distribución por parte de los productores. En verdad, la determinación de la relación directa entre productor y producto sólo puede ser el resultado de una revolución proletaria victoriosa, que establece el sistema de los Consejos como organización social. En este caso, la necesidad de regular el proceso productivo en función de la distribución puede ser menor. Se puede imaginar una distribución controlada de los medios de consumo tan bien como una no controlada, sin que esto haga necesaria la existencia de nuevos estratos privilegiados. Por lo demás, la sola asunción de una norma para la distribución no es condición suficiente para el establecimiento de una economía comunista: ésta, en efecto, no debe basarse simplemente en la participación de los productores en el producto social sino, más allá de estos problemas, en las condiciones materiales de la producción social.

En el capitalismo, la distribución, está regulada sólo aparentemente por el mercado. Si bien la producción debe realizarse basándose en el mercado, el mercado mismo está determinado por la producción de capital. En la base del proceso de producción están la producción del valor de cambio y la acumulación del capital. El valor de uso aparece en la producción sólo como un medio para aumentar el valor de cambio. Las verdaderas necesidades de los productores pueden ser tenidas en cuenta sólo si coinciden con los imperativos de la acumulación. La producción, producción de plusvalía, se regula en la economía de mercado automáticamente según las relaciones del valor de cambio, que no coinciden sino accidentalmente con las relaciones del valor de uso. La sociedad comunista produce sólo para el uso y debe, por ello, adecuar la producción y la distribución a las necesidades reales de la sociedad. La producción es anterior a la distribución, aunque esté determinada por las necesidades de los consumidores. Pero la organización de la producción necesita bastante más que la determinación exacta de la relación entre productor y producto: necesita del control de las necesidades y de las capacidades de producción de toda la sociedad, en sus formas físicas, y de una distribución adecuada del trabajo social.

[El problema de la centralización]

El sistema de consejos no se podrá hacer a menos que se creen instituciones que hagan posible una supervisión de las necesidades y las posibilidades del conjunto social. Los conocimientos así obtenidos deben dar lugar a decisiones que no pueden ser tomadas por cada organización de fábrica. La estructura del sistema de consejos debe ser tal que regule la producción centralmente, sin por esto condicionar la autonomía de los productores. En las mismas fábricas, además, la ejecución de las decisiones de los trabajadores se dejará a los Consejos, sin que por esto deba surgir una primacia de los Consejos sobre los trabajadores. También, desde una óptica más global, en la producción nacional se pueden encontrar métodos organizativos que coordinen las instituciones por encima de las fábricas, bajo el control de los productores. Pero esta solución de la contradicción centralismo-federalismo, que es por otra parte auspiciada en los Principios Fundamentales, no podrá resolverse simplemente por medio de un «registro del proceso económico en la contabilidad social general», muy probablemente serán necesarios órganos particulares, integrados en el sistema de consejos, que se ocupen específicamente de la organización económica.

En los Principios Fundamentales el rechazo de una administración central de la producción y la distribución dirigida por el Estado se basa en la experiencia rusa, lo que en realidad no afecta al sistema de consejos, sino al capitalismo de Estado. Pero, también aquí, la producción y la distribución no son obra de organismos de planificación sino del Estado, el cual se sirve de estos organismos de planificación como instrumentos. Es la dictadura política del aparato estatal sobre los trabajadores, y no una planificación de la economía, lo que ha llevado a un nuevo tipo de explotación de la cual participan también las autoridades de la planificación. Sin la dictadura política del aparato estatal, los trabajadores no estarían obligados a someterse a la administración central de la producción y la distribución.

La primera condición de la producción y la distribución comunistas es, pues, que no exista ningún aparato estatal al lado o por encima de los Consejos, y que la función «estatal», la supresión de las tendencias contrarrevolucionarias, sea ejercida por los mismos obreros, organizados en sus Consejos. Cualquier partido que, como fracción de los trabajadores, aspire al poder estatal o se coloque como aparato estatal después de la toma del poder, intentará sin duda ser quien controle la producción y la distribución, y reproducir este control para mantener las posiciones obtenidas. Si existe el control de la mayoría por parte de una minoría, entonces seguirá existiendo la explotación. El sistema de los Consejos no puede dejar subsistir a su lado ningún Estado, a menos que renuncie a sí mismo. Pero sin este poder estatal separado de la sociedad, cualquier planificación de la producción y la distribución sólo puede ser llevada a cabo por el sistema de consejos. Los organismos de planificación vienen a ser también de las empresas, que junto a otras empresas se funden en un único sistema de consejos. A propósito de esto, se dice ahora que también la clase obrera en su composición está sujeta a continuos cambios. Los Principios Fundamentales consideran al proletariado industrial reunido en las empresas como la clase socialmente determinante. El sistema de consejos basado en las empresas determina la estructura de la sociedad y obliga a las otras clases, por ejemplo a los campesinos independientes, a integrarse en el nuevo sistema económico-social. En los últimos 40 años, la clase obrera, es decir, el estrato de los que perciben una paga o un salario, ha aumentado, pero -en relación con el conjunto de la población- el número de trabajadores industriales ha disminuido. Una parte de los empleados trabaja en las empresas junto a los trabajadores manuales, otra en el campo de la distribución y la administración. Ya que la producción depende cada vez más de la ciencia, y las fuerzas productivas de la ciencia superan «tendencialmente» a las del trabajo directo, también las universidades, al menos en parte, pueden ser vistas como «empresas». Y si, en el capitalismo, plusvalía significa siempre trabajo no pagado (plustrabajo), cualquiera que sea el estado de la ciencia, la riqueza social en el comunismo se presenta no como un crecimiento del trabajo, sino como la continua reducción del trabajo necesario, consecuencia del desarrollo científico libre de las limitaciones capitalistas. La producción se socializa progresivamente como consecuencia de la creciente participación de las masas en el proceso de producción, masas obreras que sólo pueden existir en la más estricta colaboración y en la recíproca compenetración en todos los tipos de trabajo. En pocas palabras, la noción de clase obrera se amplía, es más extensa hoy que hace 40 años. Los cambios en la organización del trabajo contienen ya una superación de la división del trabajo, de la división entre trabajo manual e intelectual, entre oficina y fábrica, entre trabajadores y directores: es un proceso que, mediante la participación de todos los productores en la producción ahora orientada socialmente, puede llevar a un sistema de consejos que incluya a toda la sociedad y ponga así fin a la dominación de clase.

Se puede compartir la desconfianza de los Principios Fundamentales frente a los «jefes, técnicos y científicos» que se arrogan el derecho de dirigir la producción y la distribución, sin por ello olvidar que aparte de los jefes, los otros son productores. Precisamente, el sistema de consejos los coloca junto a todos los demás productores y los arranca de la posición privilegiada que ocupan en el capitalismo. A pesar de todo, como los pasos atrás en el campo social son posibles, es claro que, incluso un sistema de consejos puede degradarse; por ejemplo, a causa del desinterés de los propios productores en su autonomía y el consiguiente paso de las funciones de los consejos a exponentes internos del sistema, que se vuelven independientes de los productores. Los autores piensan que se puede evitar este peligro por medio del «nuevo cálculo de la producción como base general de la producción». Pero como este cálculo de la producción debe ser, ante todo, dictado prácticamente, el efecto esperado puede entonces perderse por una serie de modificaciones.

En la exposición de los autores, el sistema, una vez implantado, se presenta como suficiente. Por medio del «funcionamiento objetivo de la producción», del control de ésta en relación a la reproducción, se defienden del ordenamiento que permite la personalización de las decisiones, como ocurre en el capitalismo de Estado. El nuevo sistema de producción y distribución garantiza en sí mismo la sociedad comunista, aunque en realidad el «funcionamiento objetivo de la producción» está siempre garantizado por personas. También en el capitalismo hay un «funcionamiento objetivo» de la producción, que viene dictado por la ley del mercado, a la cual todas las personas están sujetas. Es el sistema quien domina al hombre. Esta visión fetichista del sistema encubre la realidad de las relaciones sociales de explotación del hombre por el hombre. Detrás de las categorías económicas están clases y personas, y cada vez que el fetichismo del sistema es sobrepasado, vuelve a la luz la lucha abierta entre clases y personas. Si bien también el comunismo es un sistema social, éste no actúa por encima de los hombres, sino según los hombres. No tiene una vida propia a la que las personas deban forzosamente adaptarse; el «funcionamiento objetivo de la producción» está determinado por personas, pero por personas que forman parte del sistema de consejos.

[El futuro de los «Princípios Fundamentales»]

Estas pequeñas observaciones críticas serán suficientes para indicar que, en los Principios Fundamentales, no se nos presenta un programa acabado, sino que se trata de un primer intento de acercarse al problema de la producción y la distribución comunistas. Y, aunque los Principios Fundamentales tratan de un estado social del futuro, constituyen al mismo tiempo un documento histórico que arroja luz sobre una etapa de las discusiones del pasado. Sus autores trataban las cuestiones de la socialización de hace más de medio siglo, y algunos de sus argumentos han perdido actualidad; los Principios Fundamentales intervienen en la disputa, entretanto ya superada, entre los teóricos de la economía natural y los representantes de la economía de mercado, mostrando las posiciones equivocadas de ambos.

En general, el socialismo no se considera ya como una nueva sociedad, sino como una variante del capitalismo. Los defensores de la economía de mercado hablan de una economía de mercado planificada, mientras que los defensores de una economía planificada se sirven de la economía basada en el mercado. La organización de la producción fundada sobre el valor de uso no excluye la distribución desigual de los bienes de consumo mediante la manipulación de los precios. Las «leyes económicas» son consideradas independientes del tipo de sociedad, y todo lo más se discute ahora sobre qué mezcla de capitalismo y de socialismo es más «económica».

El «principio económico», es decir, el principio de la racionalidad económica que, como se suele decir, es la base de toda ordenación social y que se presenta como la realización del máximo resultado con el mínimo costo, en realidad no es sino el clásico principio capitalista de la producción con vistas al beneficio, que tiende siempre a la máxima explotación. El «principio económico» de la clase obrera, en consecuencia, no es otro que la abolición de la explotación. Tal principio, del que parten los Principios Fundamentales, ha sido hasta hoy letra muerta para los trabajadores. Aparte de la clara explotación en los países llamados «socialistas», las académicas charlas en los países capitalistas a propósito del socialismo se refieren sólo a sistemas de capitalismo de Estado. La «propiedad socialista» de los medios de producción es considerada siempre como propiedad del Estado. La distribución administrativa de los bienes, con o sin mercado, es siempre objeto de decisiones centrales. Como en el capitalismo, la explotación se da en dos formas: mediante la separación continua de los productores de los medios de producción y mediante la monopolización del poder político. Y donde se ha concedido o impuesto a los trabajadores una especie de derecho a la cogestión, el mecanismo de mercado une a la explotación estatal la autoexplotación. Por muchos puntos débiles que se puedan encontrar en los Principios Fundamentales, en la situación actual siguen siendo, hoy como mañana, el punto de partida de todas las discusiones y esfuerzos serios para la realización de la sociedad comunista.

Paul Mattick, Febrero de 1970.


Fuente: Revisado y digitalizado por el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques.


Compiled by Vico, 13 April 2017.