Home | Contact | Links       
Antonie Pannekoek Archives
 

Thema: La solution économique pour la période de transition du capitalisme vers le communisme


Principios Fundamentales de Producción y Distribución Comunistas, Capítulo primero

Grupo de Comunistas Internacionales de Holanda

Capítulo primero de los Principios Fundamentales de Producción y Distribución Comunistas, 1930. El texto procede de la edición de Zero-ZYX, 1976 (que no especifica el idiomafuente de la traducción). Como se puede comprobar por la versión inglesa, esa versión está resumida, de modo que faltan algunos párrafos menores. En el caso del apartado cuarto, donde las omisiones resultaban muy importantes y repercutían en la claridad del texto, éste se ha completado mediante traducción a partir de la traducción inglesa.


Visión de conjunto


Del comunismo de Estado a la asociación de productores libres e iguales

1. El comunismo de Estado

Las tentativas hechas en Rusia de construir la sociedad comunista, han llevado a afrontar prácticamente lo que antes podía ser considerado sólo en la teoría. Rusia ha intentado, en lo que se refiere a la industria, construir la vida económica sobre principios comunistas… y en esto ha fracasado completamente. Prueba de ello es el hecho de que el salario no aumenta con el aumento de la productividad. (Cfr. Henriette Roland-Holst en la revista holandesa «Klassenstrijd», 1927, p. 270) (1).

La mayor productividad del aparato productivo social no da derecho a una cantidad mayor de producto social. Esto demuestra que la explotación continúa. H. Roland-Holst muestra cómo el trabajador ruso es hoy día un asalariado. Se podría simplificar la cosa poniendo el acento en el hecho de que Rusia es un país agrícola con propiedad privada de las tierras, y que por esto, la base capitalista del trabajo asalariado es necesaria en toda la vida económica. Pero quien se contenta con esta explicación, ve cómo es, en efecto, la Rusia actual y sus actuales bases económicas, y sin embargo no habrá aprendido nada de las grandes tentativas de los rusos, en lo que se refiere a la economía comunista. En muchos proletarios han surgido dudas respecto al método empleado por los rusos y que según ellos debería llevar al comunismo. Es el conocido método que puede ser resumido así en pocas palabras: la clase obrera expropia a los expropiadores y da al Estado la dirección de los medios de producción. El Estado organiza las distintas ramas de la industria y las pone al servicio de la colectividad como monopolio de Estado.

En Rusia, la cosa se desarrolló de manera que el proletariado se adueñó de las empresas y las llevó adelante bajo su dirección. El partido comunista, como detentador del poder estatal, promulgó líneas de orientación según las cuales las empresas deberían agruparse en Consejos comunales, de distrito y de provincia, para poder fundir toda la vida industrial en una unidad orgánica. Así, el aparato productivo se construyó gracias a la fuerza viva de las masas. Era la expresión del empuje hacia el comunismo que vivía en el proletariado. Todas las fuerzas estaban orientadas hacia la centralización de la producción. El tercer Congreso Panruso de los Consejos de Economía Nacional (2) afirma:

«La centralización de la dirección de la economía es el método más seguro en manos del proletariado victorioso para un desarrollo más rápido de las fuerzas productivas en el país… Al mismo tiempo, es la condición primera para la construcción socialista de una economía y para la integración de las empresas más pequeñas en la unificación económica… La centralización es el único modo de prevenir una fragmentación de la economía». - A. Goldschmidt, Die Wirtschaftsorganisation Soviet Russlands (La organización económica de la Rusia soviética), p. 43 (3).

Como era claro que al principio, el dominio y la dirección de la producción pertenecían a las masas, resultó como consecuencia necesaria que el poder de decisión pasase a las organizaciones centrales. Mientras al principio los directores, los soviets comunales, etc., eran responsables ante las masas de trabajadores, ante los productores, ahora éstos dependían de la dirección central que dirigía todo. Al principio responsabilidad frente a la base; ahora responsabilidad frente al vértice.

Así tuvo lugar en Rusia una enorme concentración de las fuerzas productivas, como no se ha visto nunca en ningún otro país. ¡Ay del proletariado que deba emprender la lucha contra un aparato de poder parecido! Y, sin embargo, esto se ha vuelto realidad. No existe la más mínima duda: el trabajador ruso es un asalariado, un explotado; y deberá combatir por su salario contra el más gigantesco aparato que el mundo conoce.

Lo que nosotros queremos mostrar es que en esta forma de comunismo no es el proletariado quien tiene en sus manos el aparato productivo. Aparentemente es el dueño de los medios de producción, pero en realidad no tiene ningún derecho sobre ellos. La parte de la reserva de productos que el productor obtiene por el trabajo ejecutado es determinada por la dirección central, que decide la cantidad basándose, en el mejor de los casos, en sus estadísticas. En realidad, así está determinada por un poder central la decisión de si se debe explotar más o menos. Aun cuando exista una buena dirección que distribuya los productos con justicia, queda siempre un aparato que se alza por encima del productor. La cuestión que se nos plantea ahora es saber si las cosas se desarrollan así en Rusia debido a situaciones particulares, o si se trata de la característica de cualquier organización central de la producción y la distribución. Si éste fuese efectivamente el caso, la posibilidad de alcanzar el comunismo sería problemática.

2. Posiciones en el campo marxista

Salvo en Marx, podemos encontrar en todos los autores que se ocupan de la organización de la vida económica en la sociedad comunista los mismos principios que vemos realizados en la praxis de los rusos. Tienen origen en el enunciado de Engels: «El proletariado conquista el poder estatal y ante todo declara los medios de producción propiedad del Estado» (4). Después, comienza la centralización y construcción de organizaciones como aquéllas a las que han dado vida los rusos. Así, por ejemplo, escriben R. Hilferding y Otto Neurath, cuyo pensamiento puede ser completado por toda una serie de «expertos en la materia».

Y Neurath es aún más claro:

«La teoría de la economía socialista conoce un solo ahorrador. La sociedad, que, sin cálculo de beneficio o de pérdida, sin circulación de dinero (sea dinero metálico o bonos equivalentes al trabajo), sobre la base de un plan económico, sin la determinación de una unidad de cálculo, organiza la producción y distribuye los papeles sociales según principios socialistas». - Otto Neurath, Wirtschaftsplan und NaturalrechnungVon der sozialistischen Lebensordnung und von Kommenden Menschen (Plan económico y cálculo en especie – Del orden socialista y del hombre nuevo), p. 7 (5).

Cualquiera ve que llegan a una construcción igual a la rusa. Supongamos que estas construcciones sean efectivamente realizables (afirmación que nosotros contestamos), y que el poder ejecutivo central distribuya la masa de los productos correctamente según el nivel de vida; aún así, a pesar de que el mecanismo de la producción y la distribución funcione sin obstáculos, permanecería el hecho de que en realidad los productores no tendrían el control sobre el aparato productivo. No sería el aparato de los productores si no el aparato por encima de los productores.

Esto no puede traer otra cosa que una fuerte opresión frente a los grupos que estén en contraste con esta dirección. El poder económico central es al mismo tiempo poder político. Todo elemento de oposición, que desease soluciones distintas de las de la dirección central, tanto en el campo político como en el económico, será machacado con todos los medios del ingente aparato. Así la asociación de los productores libres e iguales anunciada por Marx se transforma, por el contrario, en un Estado basado sobre el trabajo forzado como no se conocía otro.

Los rusos, y no menos que ellos, todos los demás teóricos, se definen marxistas y, naturalmente, explican su teoría comunista como realmente marxista. Pero en realidad no tienen nada que ver con Marx. Se trata de economía burguesa, de dirección capitalista, de dominio sobre los productores. Los economistas y los líderes, con su sabiduría, son contemplados por las masas como el templo inalcanzable de los milagros. La sabiduría sería entonces propiedad exclusiva de los grandes hombres, de los cuales irradia la luz de la nueva sociedad. Es bastante claro que así los productores no tienen en sus manos el dominio y la dirección de la producción y que ésta es una concepción más bien sorprendente de la «asociación de productores libres e iguales» de Marx.

Todos los programas de este tipo conservan los vestigios de la época en que han surgido: la época del mecanicismo. El aparato productivo se ve como un mecanismo complejo y delicado que trabaja por medio de miles y miles de ruedas. Las partes del proceso productivo se engranan como trabajos parciales y separados a lo largo de la cadena de montaje de las modernas empresas (Ford). Y aquí y allá están los que dirigen el mecanismo productivo, que establecen el funcionamiento de las máquinas por medio de sus estadísticas.

Estos programas mecánicos parten del presupuesto erróneo de que el comunismo es ante todo, una cuestión técnico-organizativa. En cambio, se trata de una cuestión económica, que considera cuál debe de ser la relación fundamental entre productor y producto. Por ello, contra esta concepción mecanicista, nosotros afirmamos que es necesario encontrar una base sobre la cual el mismo productor pueda construir el edificio de la producción. Esta edificación es un proceso de abajo arriba y no de arriba a abajo. Es un proceso de concentración que cumplen los mismos productores y no un maná que cae del cielo sobre nosotros. Teniendo en cuenta las experiencias de la revolución y siguiendo las indicaciones de Marx, podemos proseguir un buen trecho por este camino.

3. Nacionalización y socialización

Aunque Marx no ha dado ninguna descripción de la sociedad comunista, éstos constatan que el proceso productivo se socializa cada vez más, el libre productor de mercancías pasa a formar parte de sindicatos, trusts etc., y la producción es entonces, efectivamente «comunista».

«La superación del modo de pensar capitalista como fenómeno general, presupone un proceso generalizado. Es muy probable que primero se abra camino el socialismo como ordenación económica, los socialistas se formarán por medio de la ordenación socialista y no a través de los socialistas. Todo esto estará por lo demás perfectamente de acuerdo con la idea básica del marxismo». (Neurath, Ibidem, p. 83).

Cuando la economía sea socialista, deben ser cambiadas las relaciones de propiedad de manera tal que los medios de producción sean propiedad del Estado, y después…

«En lugar de la anarquía de la producción, se encuentra la regulación social planificada de la producción, correspondiente a las exigencias de la sociedad entera así como a las de cada uno…» (Engels, Antidühring).

Continúan, en fin, construyendo sus sistemas sobre la base de esta organización planificada. Basta poner una nueva dirección al aparato productivo capitalista y ¡he aquí el comunismo!

Este tipo de solución del problema, que el proletariado deba dar a la producción sólo una nueva dirección, la cual después, con la ayuda de la estadística, haga todo mejor, encuentra su explicación en el hecho de que este tipo de economistas no ve el proceso de progreso creciente de la producción como un proceso de desarrollo de las mismas masas, sino como un proceso que ellos – expertos en economía – llevarán hasta el final. No las masas trabajadoras, sino ellos, sus dirigentes, llevarán la fracasada producción capitalista al comunismo. Ellos poseen el saber, piensan, organizan y ordenan. La masa debe solamente aceptar lo que ellos con su sabiduría deciden. Saben que Marx sostenía la necesidad de la asociación de productores libres e iguales, pero en contra de esta posición teórica se encuentran, de hecho, tanto los socialdemócratas como los comunistas. No es el Estado quien debe ser el jefe y dirigente de la producción y la distribución, sino que estas funciones deberían pertenecer a los mismos productores y consumidores.

El reformismo ha distorsionado completamente la teoría en el curso de los años. Por eso, la lucha por las reformas sociales y el paso de diversas ramas de la industria a una dirección estatal o comunal constituye para él un constante acercamiento al comunismo. Cuando el capitalismo ha concentrado una rama de la producción hasta un punto tal que pueda funcionar como unidad completa bajo la dirección central, entonces esta rama está en condiciones para la nacionalización. Mientras la socialdemocracia reformista piensa alcanzar el comunismo mediante una nacionalización progresiva y gradual, la tendencia revolucionaria de Moscú mantiene como necesaria la revolución para alcanzar la nacionalización. La concepción de Moscú se apoya sobre la misma base que la de los reformistas. Así, durante y después de la revolución, las industrias maduras para la nacionalización son expropiadas por el Estado, mientras que la economía todavía se deja en manos del capital privado.

La revolución rusa se desarrolló totalmente de acuerdo con este esquema. En el año 1917, los productores empezaron a expropiar a los propietarios rusos en todos los sectores de la economía, con la intención de ordenar la producción y la distribución según principios comunistas. El proceso de expropiación partió de abajo, con grave escándalo para quienes querían conducir y dirigir la economía desde arriba. Se constatará después cómo la dirección económica había restituido muchas de las empresas expropiadas por los obreros a sus primitivos propietarios, al no haberlas encontrado maduras para una dirección comunista. El primer congreso Panruso de los Consejos de Economía Nacional tomó esta decisión.

«En el campo de la organización de la producción es necesaria una racionalización definitiva. Es necesario pasar de la nacionalización de las simples empresas (hasta ahora 304) a la nacionalización de toda la industria. La nacionalización no puede ser casual, sino que sólo por los delegados puede ser emprendida con la ratificación del Consejo superior de la misma economía nacional.» (A. Goldschmidt, op. Cit., p. 42).

Aquí vemos el contraste entre el ideal de nacionalización de los socialdemócratas y la socialización de Marx.

De aquí nace también la contraposición entre empresas que están maduras para el comunismo y las que no, cosa que Marx probablemente ni siquiera hubiera soñado. Tiene de verdad razón F. Oppenheimer, cuando, en la antología de H. Beek con el titulo Wege und Ziele der Sozialisierung (Vías y objetivos de la socialización) (6), en las p.p. 16-17, dice:

«Se nos crea la ilusión de podernos acercar a la socialización marxiana paso a paso, definiendo la estatalización de simples empresas como socialización. De aquí el misterioso término, de otro modo incomprensible, de «empresas maduras»… Para Marx, la sociedad socialista sólo puede estar madura en su conjunto. Las simples empresas o los simples sectores de la economía, para él, son tan poco maduros y socializables, para ser separados y llevar una existencia independiente, como los pequeños órganos de un feto en el cuarto mes de gestación».

«Este tipo de nacionalización conduce sólo a la construcción del socialismo de Estado; en éste, el Estado aparece en realidad como el único que emplea, el único que explota». - Pannekoek, Socialisering (Socialización), en «Die Nieuwe Tijd» (La Nueva Epoca) 1919, p. 554 (7).

Se trata pues, de no inmovilizar la energía de las masas que tienden espontáneamente a socializar, sino de considerarlas células vivientes en el organismo económico comunista, cosa que solamente es posible después de la realización de bases económicas generales.Los mismos trabajadores podrán entonces adecuar las industrias a la sociedad en su conjunto, teniendo clara la relación entre productores y producto social. El único que, en este sentido llama al pan, pan, es, que nosotros sepamos, el reformista H. Cunow, quien afirma:

«En efecto Marx, al contrario que la escuela de Cobden, quiere de nuevo, a fin de cuentas, una rígida regulación del proceso económico. Y esto no por medio del Estado, sino por medio de una unificación de las libres asociaciones en la sociedad socialista». - H. Cunow, Die marxistische Geschichts-, Gessellschafts-und-Staats-theorie (La teoría marxista de la historia, de la sociedad y del Estado), vol. 1. p. 30 (8).

En el párrafo sobre negación del Estado y socialismo de Estado, Cunow nos demuestra cómo la socialdemocracia alemana ha abandonado este punto de vista sólo muy lentamente. Al comienzo, el movimiento se oponía a las tendencias que querían poner bajo control del Estado algunas grandes empresas, como los ferrocarriles y las minas.Daremos sólo un ejemplo. En la página 310 de la obra antes citada, leemos lo que dijo Liebknecht en un informe sobre Socialismo de Estado y socialdemocracia revolucionaria (Staatssozialismus und revolutionäre Sozialdemokratie):

«Se quiere estatalizar progresivamente una empresa tras otra. Esto quiere decir poner al Estado en el puesto de los empresarios privados, continuar con la estructura capitalista en la empresa, cambiando sólo el explotador… Éste (el Estado) sustituye como contratista de trabajo a los empresarios privados y los obreros no ganan nada; además, el Estado consolida así su poder y su fuerza opresiva… Cuanto más reconoce la sociedad burguesa que a la larga no puede evitar el asalto de las ideas socialistas, tanto más nos acercamos al momento en que el socialismo de Estado será proclamado por la misma burguesía con gran fuerza. La batalla decisiva que la socialdemocracia deberá llevar a cabo con este último será presidida por el grito de combate: ¡aquí la socialdemocracia! ¡allá el socialismo de Estado!.» (9)

Cunow constata que este punto de vista fue abandonado antes de 1900; y efectivamente, en 1917, K. Renner sostiene: «El Estado se transformará en la palanca del socialismo»Marxismus, Krieg und Internationale (Marxismo, guerra e Internacional) (10).

Cunow está completamente de acuerdo con esto, pero en cualquier caso, su mérito es haber demostrado claramente que todo esto no tiene nada que ver con Marx. Cunow reprocha a Marx la decidida contraposición entre Estado y Sociedad, contraposición que según él no existe, o al menos su base ya no subsiste. Por medio de la nacionalización basada en la madurez de las empresas, como la realizada por los rusos, los teóricos bolcheviques han dado efectivamente un duro golpe al marxismo y han pasado así al concepto socialdemócrata que identifica el Estado y la sociedad. En Rusia esta contradicción se experimenta ya muy claramente. La sociedad no está en posesión de los medios de producción y del proceso productivo. Estos, en efecto, están en manos de una camarilla dominante, que «en nombre de la sociedad» (Engels), domina y dirige todo. Esto significa que suprimen de un modo hasta ahora desconocido a todo aquél que se opone a esta nueva forma de explotación. Rusia, que debería ser un ejemplo de comunismo, se ha convertido en el ideal del futuro para la socialdemocracia.

Nos hemos detenido en este tipo de nacionalización para demostrar que no tiene nada que ver con Marx y que, de esta manera, el marxismo queda comprometido. De manera particular, después de la Comuna de París, aparece en Marx la concepción de que la organización de la economía se estructurará no en base al Estado, si no en base a la coordinación de las libres asociaciones de la sociedad socialista. Habiendo descubierto las formas organizativas del proletariado en la lucha revolucionaria de clase por la conquista del poder económico y político, ésa es también la base sobre la cual se debe materializar históricamente la libre asociación en la sociedad.

4. La hora de trabajo social media en Marx y Engels

Marx tomaba su posición, por tanto, del concepto de la «asociación de productores libres e iguales». Esta asociación, sin embargo, no tiene que ver en lo más mínimo con los conceptos vagos de «ayuda mutua» que están circulando actualmente, sino que tiene una base muy material. Esa base es el cálculo del tiempo de trabajo que es necesario para producir valores de uso. Como se demostrará en el curso de este texto, esto no tiene nada que ver con el valor. El que esto también era coherente con el punto de vista de Engels, puede verse a partir de lo siguiente:

«La sociedad podrá calcular de una manera simple cuántas horas de trabajo están contenidas en una máquina de vapor, en una medida de áridos de la última cosecha de trigo, o en cien yardas cuadradas de tela de una calidad específica. No podría ocurrir nunca, por consiguiente, que las cantidades de trabajo puestas en los productos, cantidades que entonces ella conocería directa y absolutamente, se expresasen todavía en un tercer producto -en una medida que, es más, sólo es relativa, fluctuante e inadecuada, aunque anteriormente fuese inevitable como una conveniencia-, en lugar de expresarlas en su medida natural, adecuada y absoluta: el tiempo.» (El Capital, libro I).

Marx apunta también, muy claramente, a la hora de trabajo como la unidad de cálculo. En su bien conocida discusión sobre «Robinson en su isla», dice de este habitante de la isla:

«La necesidad misma le compele a dividir su tiempo con precisión entre sus diferentes funciones. El que una función ocupe un espacio mayor en su actividad total respecto a otra, depende de la magnitud de las dificultades a superar para lograr el efecto útil perseguido. Nuestro amigo Robinson Crusoe aprende esto por experiencia, y habiendo salvado un reloj, un libro de cuentas, tinta y una pluma del naufragio, empieza pronto, como un buen inglés, a llevar la contabilidad. Su libro de cuentas contiene un catálogo de los diversos objetos que posee, de las diversas operaciones necesarias para su producción, y finalmente, del tiempo de trabajo que tienen como coste medio para él cantidades específicas de estos productos. Todas las relaciones entre Robinson y estos objetos, que forman su riqueza, creada por él mismo, son aquí tan simples y transparentes que incluso Mr Sedley Taylor podría entenderlas.»
«Permítasenos por último, para variar, imaginar una asociación de hombres libres, trabajando con medios de producción poseídos en común, y empleando sus múltiples formas distintas de tiempo de trabajo con la autoconciencia plena de una sola fuerza de trabajo social. Todas las características del trabajo de Robinson están representadas aquí, pero con la diferencia que son sociales, en lugar de individuales.» (El Capital, ibid.)

Vemos aquí que Marx, en su «asociación de productores libremente asociados», concibe el cálculo del tiempo de trabajo exactamente de la misma manera y, de hecho, sobre la mismísima base del tiempo de trabajo. Donde, sin embargo, Marx ha puesto a sus productores libremente asociados en lugar de Robinson, vemos ahora que nosotros podemos colocar, con idéntica facilidad, el sistema de contabilidad social que el comunismo pone a disposición de la sociedad, para llegar a la siguiente paráfrasis del texto de Marx:

«Su libro de cuentas contiene un catálogo de los objetos útiles que posee, de las diversas operaciones necesarias para su producción, y finalmente, del tiempo de trabajo que las cantidades específicas de estos productos tienen como coste medio. Todas las relaciones entre los miembros de la sociedad y los objetos que forman la riqueza creada por ellos mismos son aquí tan simples y transparentes que cualquiera podría entenderlas.»

Marx asume que este sistema contabilidad social es, en general, aplicable a un proceso de producción en el que el trabajo es social; es decir, es igualmente aplicable tanto si comunismo está todavía en una fase temprana de su desarrollo, o si el principio «De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades» (la fase superior del comunismo) ya se ha alcanzado. En otras palabras: la organización de la vida económica puede, en el curso de varios periodos de desarrollo, moverse a través de varias fases, pero la base estable de todas ellas sigue siendo, no obstante, la unidad de tiempo de trabajo social medio.

Que Marx entendiese, en efecto, el asunto de este modo, es evidente, por ejemplo a partir del hecho de que se esfuerza en demostrar, con especial énfasis, que la distribución puede asumir diversas formas. Neurath infiere de esto que Marx ha situado la cuestión de esa manera para sugerir que tenemos libre elección respecto a cómo serían distribuidos los productos. Extraño error, de hecho, para un «experto en Marx», que, seguramente, debe saber que Marx no conoce ninguna libertad en esta materia, sino que sólo conoce la necesidad orgánica funcionalmente derivada. La libertad de elección a respecto de un sistema de distribución está circunscrita dentro de los límites establecidos por la estructura impuesta a través del sistema de producción. No obstante, esto está sujeto a ciertas modificaciones que se discutirán más tarde.

«Todos los productos de Robinson eran exclusivamente el resultado de su propio trabajo personal yeran, por lo tanto, directamente objetos de utilidad para él personalmente. El producto total de nuestra asociación imaginaria es un producto social. Una parte de este producto sirve como nuevos medios de producción y sigue siendo social. Pero otra parte es consumida por los miembros de la asociación como medios de subsistencia. Esta parte debe, por consiguiente, dividirse entre ellos. El modo en que se hace esta división variará con la clase particular de organización social de la producción y el correspondiente nivel de desarrollo social logrado por los productores.» (El Capital, ibid.)

Si, tomando esto como base propia, Marx fue capaz de proporcionar muy bien la categoría fundamental que, en una sociedad comunista, determina el método de regulación económica y de control contable que es aplicable en la esfera de la producción, en el caso de la esfera de la distribución él demuestra esto puramente por medio del ejemplo. De este modo escribe más adelante:

«Sólo por hacer un paralelo con la producción de mercancías, decimos que la parte de los medios de subsistencia de todo productor debe estar determinada mediante su tiempo de trabajo. De esta manera, el tiempo de trabajo tendrá una doble función. Su distribución planificada de la relación justa entre las diferentes funciones de trabajo y las diferentes necesidades. Pero el tiempo de trabajo sirve al mismo tiempo como medida de la participación individual del productor en el trabajo social y por tanto, también de la parte de producto social que puede ser consumida individualmente. La relación entre hombres, trabajo y productos del trabajo queda extremadamente simple, tanto en la producción como en la distribución». (El Capital, libro II, cap. XVIII)

También, en otras partes, se puede notar que Marx considera el tiempo de trabajo como categoría fundamental de la economía comunista:

«El capital financiero desaparece con la producción social. La sociedad distribuye la fuerza de trabajo y los medios de producción en los diversos sectores. Los productores pueden obtener certificados escritos, y acceder con ellos, a una cantidad de provisiones de subsistencia social, correspondiente a su tiempo de trabajo. Estos certificados no son dinero, pues no circulan». (El Capital, libro II).

Si el tiempo de trabajo individual debe ser la unidad de medida para el producto de consumo individual, entonces el conjunto de los productos debe tener la misma unidad de medida. En otras palabras: en los productos debe estar expresada la cantidad de trabajo humano, medida en unidad de tiempo, es decir, cuántas horas de trabajo socialmente medio contienen. Pero esto presupone que los otros factores de la producción (medios de producción, materias primas y materias auxiliares) se midan con la misma unidad de medida, de modo que el cálculo de toda la producción en las empresas se base en la hora de trabajo media. Sólo entonces se puede decir, con razón, que «la relación social entre hombres y productos del trabajo queda extremadamente simple, tanto en la producción como en la distribución».

Podemos, pues, constatar que Neurath comete un error al sostener que la producción y la distribución son tan independientes entre sí que permiten una «libre elección». ¡Lo cierto es exactamente lo contrario! Tomando la parte de trabajo individual como unidad de medida de la participación en el producto, Marx define al mismo tiempo la base de la relación entre producto y productor, determinando así el fundamento de la producción.

Volvamos ahora a la cuestión de si la producción planificada, tal como puede ser expresada en un aparato orgánicamente estructurado, debe necesariamente conducir a un organismo que se eleve por encima del productor. Nosotros respondemos: ¡No! Este peligro no existe en una sociedad en la que la relación entre producto social y productores sea definida de manera inmediata. En cualquier otra sociedad en que esto no se verifique, el aparato productivo terminará convirtiéndose en un aparato de opresión.

5. En torno a la asociación de los productores libres e iguales

La humanidad ha creado en el aparato productivo un organismo para la satisfacción de diferentes necesidades. En el proceso de producción, la fuerza de trabajo y el aparato productivo se gastan. Desde este punto de vista, el proceso de producción es también un proceso de distribución, pero es a través de esta destrucción como constantemente se crean formas nuevas. Lo que es consumido se produce nuevamente en el mismo proceso. Las máquinas, los instrumentos, nuestra fuerza de trabajo son renovados, producidos de nuevo, reproducidos. Se trata de un constante flujo de transformación de energías humanas en otras. Toda forma particular es energía humana cristalizada, medible por medio del tiempo durante el cual es aplicada.

Lo mismo vale para aquellos sectores del proceso productivo de los cuales no se obtienen productos directos, como por ejemplo, la educación y la asistencia médica, etc. En éstos también se consumen medios de producción y fuerza de trabajo, y el producto son las lecciones o la cura de los enfermos, etc…

En este caso, la distribución se realiza directamente en y con la producción: la energía empleada afluye directamente a la sociedad bajo una forma completamente distinta. Pudiendo medir esta energía por medio del tiempo, se obtiene una relación exacta entre productor y producto. De esta manera, queda perfectamente clara la relación entre todos y cada uno de los productores y cualquier producto social particular.

Esta relación está completamente oculta en la organización de la producción según Neurath o Hilferding, y en la rusa. Estos autores no la conocen y los productores saben aún menos. La parte del producto social se asigna a los mismos productores por una organización que les supera, y los productores deben acoger con «confianza» lo que obtengan. Esta es la manera en que funciona lo que podemos observar en Rusia. A pesar de que la productividad y la cantidad de productos sociales aumentan, el productor no obtiene una parte mayor y, por tanto, es explotado.

En esta situación, ¿qué puede hacer el productor? ¿Nada? Puede retomar la lucha contra los explotadores, contra los que tienen en sus manos la organización del aparato productivo. Se puede intentar designar «mejores jefes», pero con esto no se eliminan las causas de la explotación. No queda otra vía más que construir toda la producción de manera tal que la relación directa entre productor y producto sea la base del proceso productivo social. De esta manera se extingue la función de los directores y administradores en lo que respecta a la asignación de los productos. Ya no hay nada que asignar. La participación en el producto social es definida directamente. El tiempo de trabajo funciona como medida de la parte de producto que puede ser consumida por el individuo.

El llegar a transformar esta relación entre productor y producto en una revolución comunista es para el proletariado una cuestión de poder. Sobre tales bases es posible la producción planificada. Las empresas e industrias pueden ahora coordinarse en sentido horizontal y vertical formando un todo orgánico y, al mismo tiempo, tener cada una la contabilidad del tiempo de trabajo mismo, bajo la forma de desgaste de medios de producción, materias primas y auxiliares, y fuerza de trabajo. La estructuración y organización de la producción comunista pueden ser llevadas a cabo perfectamente por los productores, o mejor, pueden ser realizadas solamente por los productores y se convierte así en necesaria la «asociación de los productores libres e iguales». El proceso de compenetración y de fusión crece desde abajo, porque son los mismos productores quienes tienen la dirección. De esta manera, tiene cabida la iniciativa de los mismos productores, que pueden «plasmar» la vida en sus variadas formas.

El proletariado define la relación de base que debe existir entre el productor y su producto.Esto, y nada más que esto, es el nudo de la cuestión revolucionaria para el proletariado.

De la misma manera en que el siervo de la gleba luchaba en la revolución burguesa por su pedazo de tierra y la completa disponibilidad de los frutos de su trabajo, los proletarios combaten por la organización y el pleno poder sobre la producción, lo cual sólo es posible si la relación de base entre productor y producto se fija en términos sociales y de derecho. Se trata, pues, de qué posición conquistará el proletariado en la sociedad: si el trabajo en la empresa está unido al derecho de disponer de la producción o, por el contrario, si el proletariado será nuevamente declarado inmaduro y serán los jefes los que dispongan de la producción junto con los técnicos y científicos. Esta lucha se llevará, en primer lugar, contra los que después de la revolución crean que deben ser los responsables en nombre del proletariado. Su colaboración es, pues, admisible sólo después de que las bases de la producción comunista estén ya implantadas. Sobre estas bases su energía será funcional a la sociedad; de otro modo les llevará a formar una nueva casta de dominadores.

La dictadura del proletariado tiene efectos completamente distintos en las dos formas del comunismo. En el comunismo de Estado suprime todo aquello que se oponga a quienes tienen el poder en sus manos, hasta que todos los ramos de la producción hayan alcanzado una madurez tal que puedan ser englobados según las disposiciones y las directrices de los que detentan el poder. En la «asociación de productores libres e iguales», la dictadura del proletariado sirve para introducir el nuevo tipo de cálculo de la producción y llevarlo a constituir la base de la producción, es decir, para crear los presupuestos gracias a los cuales los productores libres puedan determinar y dirigir la producción. En el comunismo de Estado, la dictadura del proletariado tiene como efecto el crear las condiciones para una opresión lo más fuerte posible por parte del aparato central. En la asociación se trata, en cambio, de hacer surgir las fuerzas por medio de las cuales esa misma dictadura se debilita como tal y se vuelve finalmente superflua; la dictadura trabaja para su misma destrucción.

Sin menoscabo de ocuparnos ulteriormente del comunismo de Estado, queremos ahora pasar a ver cómo un hombre «razonable» puede aún sostener en estos tiempos la «infantil» concepción de Marx (que procederían de las corrientes liberales y anarquistas de su tiempo, como sostiene H. Cunow en Die Marxistische Geschichts-, Gesellschafts- und Staatstheorie, vol. I, p. 309).

Esta posición sostiene que la regulación de la vida económica no se hace «a través del Estado, si no por medio de la coordinación entre las libres asociaciones de la sociedad socialista», que la hora de trabajo debe convertirse en la unidad de base de la vida económica, e incluso que esta «infantil» concepción de Marx es la única base posible del comunismo. Sostener esto significa, al mismo tiempo, afirmar que tal teoría no ha nacido en un escritorio, si no que es el producto de la vida revolucionaria. Por lo que podemos ver son tres los momentos fundamentales que nos han llevado a no repetir sin reflexión lo que sostienen los «economistas comunistas». Primero ha sido el surgimiento y el funcionamiento espontáneo del sistema de los soviets; después, el desmantelamiento de los soviets por parte del aparato estatal ruso; y, por último, el crecimiento sin medida de la producción dirigida por el Estado, hasta convertirse en una nueva forma de dominio sobre toda la sociedad. Estos hechos nos han llevado a un análisis más en profundidad, a través del cual hemos constatado que el comunismo de Estado no tiene nada que ver con el marxismo, ni en la teoría ni en la práctica. La práctica de la vida -el sistema de los soviets- puso en primer plano la «asociación de los productores libres e iguales» de Marx, y al mismo tiempo es la experiencia misma la que ataca al comunismo de Estado con críticas tanto teóricas como prácticas.


Fuente: Digitalización y traducción por el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques.


1. La revista «Klassentrijd» (Lucha de clases) fue fundada en enero de 1926; en 1928 se fusiona con el periódico «De Vlam» (La Llama), dando vida a la revista «De Nieuwe Weg» (El Nuevo Camino). El artículo del que se habla trata del paro en Rusia: Wat gebeurt er in Soviet-Rusland? (¿Qué pasa en la Rusia Soviética?) p. 267 ss., sept. 1927.

2. El primer Congreso Pan-ruso de los Consejos de Economía Nacional se desarrolló del 26 de mayo al 4 de junio de 1918; el segundo del 19 al 28 de diciembre de 1918 y el tercero en 1920.

3. Este libro, publicado en Berlín en 1920, fue escrito en base a la experiencia del autor.

4. Friedrich Engels, Antidühring.

5. Editado en Berlín en 1925.

6. Se trata de un informe publicado por la editorial de la Bund Neues Vaterlands (Liga de la Nueva Patria) del ingeniero Hermann Beek, al congreso celebrado del 27 al 29 de diciembre de 1918 en Berlín por la Liga de la Nueva Patria sobre la cuestión de la socialización. Tema específico de este Congreso fue «el carácter del todo insatisfactorio de la política de socialización del Gobierno». La crítica fundamental era que la comisión para la socialización instituida por el gobierno socialdemócrata no tenía ningún poder real. En esta organización socialista se encontraban, entre otros, Otto Prange, Henryk Grossmann, Alfons Golsdschmidt y Magnus Mirschfed.

7. Año XXIV, nº. 17. La Nueva Epoca se definía por entonces, «quincenal social-revolucionario» y estaba bajo la dirección de A. Pannekoek, H. Roland-Holst y W. Van Ravesteyn.

8. Berlín, 1920, vol. I: Grundzüge der marxistischen Soziologie (Líneas fundamentales de la sociología marxista).

9. W. Liebknecht hizo este discurso durante el debate sobre el socialismo de Estado en el III Congreso del partido socialista alemán, s.p.d., después de la abolición de las leyes antisocialistas (Berlín, noviembre de 1892).

10. Con su libro (publicado en Stuttgart en 1917), Karl Renner intentó justificar la política oficial de «unión sagrada» de la socialdemocracia alemana, y describió su utopía: «una potencia estatal mundial» sobre la base de «Estados Socialistas».


Compiled by Vico, 13 April 2017.